Navidad podrida en dos posturas

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No sé lo que le han visto a la puñetera, a la asquerosa, a la fiesta podrida de la Navidad, ya que la gente se pone muy pesada, sí, está el fantasma de la gran familia vociferando a Chechu todavía, y nosotros nos congelamos el parentesco buscando una inscripción en un bloque de hielo donde encontrar los recuerdos todos derretidos grabados a fuego, grabados a fuego en nuestro asesinato de frágiles desengaños pasados, mientras que se hacen trenzas con ellos los que han sangrado en la boca en la soledad a media luz de una tele encendida, los que han extrañado en serio un minuto capital, mientras que una madre desesperada grita su alegría de acero para que sus hijos la vean feliz. Feliz Navidad, Paz, Amor, Armonía, esas son nuestras consignas pactadas, pero nada sería la Navidad sin los niños que nos quemamos por dentro. La cena opulente barre de ceniza el ayuno para un hombre solo y ese hombre es el miedo a las alturas, a las alturas dispuestas a un paso cosidas en nuestro nombre temblando, agazapadas en los algodones más crudos, escondidas también en las sábanas duras de los hospitales, tatuadas fechas que nos escuecen las llagas. En las misericordias más negras, que ven la dicha en un trago de silencio y se las bebe la noche que duerme como un sueño que huye. La Navidad es un lamento y en el invierno un frío que nos come la tradición mellada de nostalgia con una nariz que nos huele, y tosen los padres desengañados y descansados, por la chillada felicidad efervescente como una ilusión que no conocieron nunca, y se la dan a sus nietos toda ella, haciendo un nido en sus manos. Yo quisiera vivir la Navidad unas veces ciego, otras quisiera vivirla sordo, otras olvidando el olfato, también abrazándolo, otras quisiera llorar por todos, y muchas veces quisiera hacerlo por mí, a todos se nos atraganta la Navidad, aunque como todos, yo también quiero besarle los labios. Y cantar una canción eterna con los míos, con los que viven ahora en un rincón donde los enciendo solo por que es menester callarlo casi todo.

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Hay personas que la Navidad es para ellas una tortura, para los que no (y no pretendo ser agua fiestas ni ofrecer un Klinex a nadie) también llegará a serlo en algún momento de su vida. Me pregunto como será una Navidad en Abu Dabi, en la India o en el peor de los casos en Siria, algún día quisiera perderme del mapa y comprobar lo bien que se está lejos de la Navidad, lejos de ese esfuerzo por no atragantarte en la cena de Noche Buena, que digo yo: ¿por qué le dirán Noche Buena, si para algunos es la noche de los horrores? Los que disfruten de la Navidad y su confeti, enhorabuena, a los que no les digo que hay noches mucho más negras que las Noche Buenas, o las Noche Viejas, hay noches en las que te acuestas en posición fetal y todo tu cuerpo es una mente que no encuentra lugar de acomodo, que te haces preguntas sin obtener respuesta, que hay noches peligrosas en las que nace dentro de ti un nuevo demonio, que hay noches que te arrinconas solo, porque estar solo en tu rincón y entender que para ti se ha acabado la juventud es como enterrarte con las manos, que la Navidad es inhumana, que para algunos pasa como un día que le escupe en el plato. Cuando la Navidad sea una causa para engañar a niños vendrá el dolor de los mayores, los niños dormirán cansados borrachos de ilusión, los mayores se distraerán viendo a los niños boquiabiertos, pero hay un hueco en el mundo que brilla de olvido profundo, las ventas han ido bien este año, que haya paz en el mundo, y cada año la misma canción y esto ya no tiene remedio.

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