niños para siempre

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Hoy he hablado dos veces por teléfono con mis padres y en las dos veces me han parecido dos niños. Primero hablé con mi madre y después con mi padre, y las dos veces parecían dos niños, mi madre parecía una niña sin juguetes y con las rodillas en costra, mi padre, un niño harto de trabajar y también sin juguetes, con un caballo de cartón tal vez, mojado por la lluvia. Estos padres míos son unos niños, pero son unos niños que cuando eran niños tuvieron que ser mayores, mi padre un niño que se hizo hombre por la vida, mi madre, una niña que se hizo mujer por obligación. Mi madre el único regalo que tuvo en toda su infancia fueron unos zapatos de charol rojos y se pasó la noche entera mirándolos, qué nuevos eran, y como brillaban. Mis padres son como los vestigios de una cierta supervivencia humana de una generación que nació en la postguerra ya tardía y no tuvieron infancia, tuvieron que trabajar desde niños, ya que en casa eran pobres y había que llenar el estómago. Cuando hablaba con mi madre por teléfono y me relataba que había ido a la farmacia, mientras iba diciendo cada palabra se me aparecía una niña, hermosa y triste, con mi padre era distinto, parecía un niño, pero curtido y muy responsable y me daba un guiño su voz de pícaro cansado. Parece que se han quedado impregnados de infancia arrebatada, de infancia segada por sus propias manos de trabajadores incansables, de luchadores hasta la exhausta derrota, estoy muy orgulloso de los padres que tengo, por que ellos son agradecidos, y no se quejan de la vida que ahora tienen, por que ellos saben mejor que nadie que hay otra vida en blanco y negro. Otra vida peor a esta, otra vida de hambre, miseria y emigración, ellos conocen la vida calentando agua en una olla para ducharse sobre un palet, en un patio, en pleno invierno, también saben lo que es coger trenes, trenes viejos y ruidosos, saben lo que es ir a buscar agua de una fuente, saben de la luz eléctrica con una bombilla de luz escuálida, saben de las sirenas de las fábricas, de las caminatas en terrenos sin asfaltar, saben lo que son Navidades grises, conocen la mugre devoradora tras un día de trabajo de doce horas, conocen el celeste estampado en las camisas y los pantalones de campana, conocen los bailes donde bailar agarrado era pecado y conocen una época de silencios y de consignas en las iglesias. Estos niños dieron y dan su sangre y les pasa la vida como un tren nocturno y veloz como un rayo frente a ellos, y así les pasan los años a los pobres, los hijos: vida mejor sí, pero otros hijos de aquellos niños con la infancia congelada en sus auras se van, aún más lejos, aún con la infancia mejor que la de sus padres, pero se van a lamerse sus heridas y dar su callo como un caramelo que se desgasta como su juventud y ya de ancianos emana su niñez como arrebatada de un zarpazo.

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