el viento

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El viento se asoma rápido de vertiginoso primando sus siete cabezas transparentes por las tres calles que colindan su edificio. El viento no debería existir, grita el hombre, ya que con su soplido se le apaga el termo calentador, y no quiere salir a la estampida de frío en las carnes templadas. Pero si el viento no existiera, ¿qué murmullo de aire no alborotaría tu pelo? Tu pelo, tu pelo que grita su belleza con la voluntad que el viento lo hace salvaje de azar improvisado, si el viento no existiera, ¿como las piedras serían los pensamientos de mi amante libre? Dime, ¿qué tropel de palomas oculta el trasiego del viento? Dime, ¿cómo sonaría el saxo de Bird, la trompeta de Chet Baker, o la de Miles Davis, o la de Louis Armstrong? Dime, ¿qué aliento solitario se estrellara frente a tu pecho mientras te busco la sombra mía en los rincones profundos de tu cuerpo? Dime, ¿qué viento será el tuyo cuando me susurres cosas tan hermosas como un Te quiero a quemarropa? Dime, si cada viento tiene un nombre, ¿de qué otra manera llamarías al viento de mi gemido mientras me aprietas la sangre a oscuras? Dime, ¿qué suena si no es el viento con sus sietes cabezas transparentes por las tres calles que colindan con tu edificio? Si el espacio es un lugar que merece llenarse de algo más que de un Dios callado, de algo más que una contracorriente para las alas de un pájaro, de algo más que un espacio que no sabe ser otra cosa que vacío.

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